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Presentación de Lostología en Buenos Aires – Alejandro Piscitelli

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Lost: un viaje al centro de la complejidad y la indeterminación

Cuando el equipo de filmación de Lost dejó en mayo de 2010 la isla de Oahu, después de 6 años de mítica convivencia (que aún se siente en el Kualoa Ranch, en la Orilla Norte que visité hace unos meses atrás), abandonó una isla paradisíaca en las antípodas –o quizás no tanto– de la isla que fue protagonista de la serie.

Para fanáticos y detractores, Lost terminó después de infinitos 121 episodios; en el medio, todos seguimos tan confundidos como al inicio y con algunas ganancias notables. Por primera vez, la ciencia ficción y la ciencia a secas llegaron a una audiencia masiva, y no bajo la forma de episodios aislados, sino como una narrativa sexenal con muy pocos antecedentes en la televisión mundial. Entre la línea inicial «Un avión de pasajeros se estrella en una isla desierta y algunos sobreviven», de J. J. Abrams, uno de los triunviros que gestó la saga en solo media hora, allá por el lejano 2003, a las enrevesadas torsiones y resurrecciones, a los avances y regresos en el tiempo y el espacio, a la multitud de personajes principales y secundarios, que a esta altura ya no sabemos si están vivos o muertos, la improvisación iluminadora y creativa ha sustituido a la planificación puntillosa y previsible.

En ninguna serie de largo aliento como ésta fue tanto el desconocimiento de la trama y de sus futuros posibles por parte de los actores como del mismo público. Incluso recurriendo a inverosímiles diagramas de flujo y a líneas de tiempo de una complejidad inusitada, resultó casi sobrehumano abarcar las idas y vueltas de tantos personajes contradictorios, llenos de secretos y vidas paralelas, alejados de todo simplismo ético y, sobre todo, de cualquier asimilación a morales de esclavos.

Nietzsche aletea tanto como Spinoza en esos guiones geniales, más allá de que los filósofos profesionales –como ocurre en la compilación de Sharon M. Kaye– traten de hacer pie, con escasa suerte, en este entramado de flashbacks y flashforwards que ponen en tela de juicio las tradiciones narrativas secuenciales y abren camino a las narrativas hiper y transmediáticas, que tienen en Lost a una de sus primeras encarnaciones mejor logradas. En este sentido, el talento de los guionistas sobresalió al poner permanentemente en los mismos platillos tanto una imagen completa como detalles indispensables para iluminarla y reinventarla episodio a episodio.

Lost es un ejemplo acabado de la convergencia cultural teorizada por Henry Jenkins, ya que verla (en dosis agregadas, gracias a su sistemática publicación en DVD) por TV fue solo una parte muy menor de la experiencia transmediática –videojuegos, bases de datos, sitios oficiales y extraoficiales, spoilers– que la convirtió en uno de los primeros experimentos en narrativa total interactiva, decretando de paso la muerte de la televisión convencional.

Ahora bien, los personajes de la serie fueron siempre el foco y la base de cualquier ruminación; sus reconversiones y redenciones no fueron casuales ni involuntarias. Nada inocentemente Damon Lindelof –otro de los triunviros creativos– ya había enunciado en el año 2005 un mantra implacable («Convertir a los héroes en villanos y a los villanos en nuestros héroes») que se mantuvo impoluto hasta estos capítulos finales de la sexta temporada. Como en The Sopranos, pero todavía más, como en 24, pero muchísimo más, los dualismos y las divisiones sin resto sobran: no hay capítulo en el que la ciencia no se estrelle contra la fe, el ego contra la responsabilidad colectiva, los medios contra los fines y así sucesivamente. Todos los personajes principales, desde Jack Shephard hasta James Sawyer, desde John Locke hasta Benjamin Linus, son en un episodio demonios o dioses y en otro, mártires o villanos de pacotilla.

La trama es tan incomprensible como los personajes y, por lo tanto, la complejidad es endemoniada en ambos casos. Así, es imposible reducir a una frase, ya sea el género o el contenido de la serie, y mucho menos convertirla en una batalla de buenos contra malos por la salvación de un tercero. Nada de eso. Porque Lost es tanto la historia de un grupo de personajes altamente incompatibles entre sí, tratando de sobrevivir a la furia de la naturaleza, como una historia acerca de una isla mágica sin ningún Próspero que la controle y, probablemente, también se trate de alguna metáfora de quién sabe qué grandeza o tara humana. La serie no tuvo «un» objetivo y, por eso, no hay nada más absurdo –como hacen los filósofos moralistas– que imaginar que viéndola o sintiéndola uno puede convertirse en mejor persona, justamente al rechazar la identificación con sus personajes más diabólicos.

Con respecto al caudal de audiencia, en Estados Unidos la serie empezó con casi 19 millones de espectadores, cifra que se redujo a 11 millones en la cuarta temporada. Lo que salvó su calidad fue justamente «suicidarla» con 3 años de gracia sin tener que caer en las simplificaciones de series de 2 o 3 temporadas de duración, pero tampoco en las letanías y desgastes, como le pasó a ER, con sus 14 temporadas, cuando bien podría haber terminado 4 o 6 antes.

Alejandro Piscitelli

Extracto de Lostología: estrategias para entrar y salir de la isla, Editorial Cinema, 2011.

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