La institucionalización de los spoilers

Las alarmas suenan en Internet. Como si fueran minas informativas desparramadas y ocultas bajo tierra, están ahí, en todos lados, a la vuelta de la esquina (virtual), a solo un click de distancia, esperando o bien para regodear al ansioso o bien para aguar la sorpresa del espectador naíf, que no sabe que a veces leer de más, caer en el sitio equivocado, le puede costar caro.

Así son los spoilers: ambivalentes, maliciosos y seductores al mismo tiempo, adictivos e insidiosos. Se caracterizan por estar rodeados por el aura de lo prohibido y tienen el atractivo de un placer culposo. Al fin y al cabo, cápsulas informativas sin una traducción certera capaz de transmitir toda su carga significativa –hay que admitirlo, palabras como arruinadores,aguafiestas o incluso destripacuentos no les hacen ninguna justicia–, no obligan (más bien invitan a ser leídos) a que un lector o espectador compulsivo y ansioso, incapaz de esperar a terminar un libro o a ver toda una película o capítulo de una serie, se entere antes que nadie de ese detalle crucial, aquel giro argumental tan pensado por escritores y guionistas que le da a un texto (literario o audiovisual) su cuota de sorpresa, originalidad y sentido: desde la identidad de un personaje (el más común, «el asesino es el mayordomo») a la muerte de tal o cual protagonista y la revelación de demás elementos que cambian la percepción de una narración.

Hay spoilers de todo tipo. Por ejemplo, están los literarios, que acecharon a ciertos libros, anticipando los finales sobre todo de best sellers y ufanándose de saber (y contar) de qué modo terminan, como la saga de Harry Potter y las últimas novelas de Stephen King, Michael Crichton o Dan Brown. También están los que se esparcieron por el cine; gracias a ellos, muchos se enteraron de que Darth Vader era el padre de Luke Skywalker, de que el planeta de los simios era la Tierra en el futuro o de que Bruce Willis estaba muerto desde el comienzo en Sexto Sentido (Shyamalan, 1999).

Si bien al principio, en los años sesenta, con el auge de las películas hitchcokeanas en las que se comenzó a instaurar la costumbre de incorporar en la trama un giro importante (o twist) –Psicosis (1960), Los pájaros (1963)–, el spoiler era netamente oral y su medio de viralidad podía hallarse en la cola del cine o en las reuniones de amigos, con el correr de los años se fue asentando textualmente. Se recopilaron, indexaron, catalogaron y con el despertar de Internet finalmente encontraron su lugar, el ecosistema informativo donde aguijonear.

Primos no tan lejanos del rumor, los spoilers echaron a correr en la década de 1990 a la misma velocidad que la ola informativa iba tomando fuerza. De repente, los diques se resquebrajaron y comenzó la inundación de datos, noticias, ideas, comentarios y demás informaciones que de un día para el otro pasaron de la escasez a la abundancia. En un abrir y cerrar de ojos, un aluvión llamado Internet avanzó sobre la sociedad global y transformó el hábitat, la sensibilidad moderna y también dio rienda suelta a la expansión del rumor, aquella vieja fuerza corrosiva, tan bien analizada y estudiada por Cass R. Sunstein en su reciente libro Rumorescómo se difunden falsedades, por qué nos las creemos y qué se puede hacer contra ellas.

Federico Kukso

Extracto de Lostología: estrategias para entrar y salir de la isla, Editorial Cinema, 2011.

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